miércoles 9 de diciembre de 2009

El poderoso "88" en acción (parte final)

En las amplias extensiones del desierto norteafricano, el “88” pudo volver a considerarse el amo de la situación. Las más de las veces, los carros enemigos podían ser identificados a notable distancia, pero la primera señal de que las dotaciones se enfrentaban a un “88” en las cercanías se producía al explosionar un carro propio. Tal era la velocidad del proyectil, que el impacto ocurría antes de que se oyese el ruido del disparo y, como se ha dicho antes, la utilización de espoletas de acción retardada hacía que la explosión se produjera después de la perforación de la coraza. En estas condiciones, el “88” se convirtió en un arma muy temida.. Los carros británicos y de la Commonwealth atacaban repetidamente las posiciones fuertemente defendidas por los alemanes, con el resultado de la pérdida, uno tras otro, de los carros por la acción de los “88” bien emplazados. En más de una ocasión, los “ocho con ocho” fueron el elemento determinante que desbarataba los ataques de los carros antes de que comenzaran realmente. De cualquier modo, a pesar de toda su potencia y eficacia, el “88” no podía considerarse un arma contracarro perfecta: de hecho, era muy pesada y lenta para ser emplazada y retirarse. Era posible disparar el cañón directamente desde su afuste con ruedas, pero para aprovechar al máximo su eficacia era preciso emplazarlo sobre el afuste cruciforme. Ello implicaba la laboriosa operación de descenderlo desde los dos bogies para depositarlo en tierra. Por otra parte, a fin de poderlo utilizar en función contracarro, era necesario quitar o inutilizar gran parte de la instrumentación para el tiro antiaéreo, lo que limitaba la utilidad bivalente de la pieza. Con objeto de dar a los servidores una cierta protección, estaba prevista la utilización de un escudo. En la época en que los alemanes invadieron la Unión Soviética, en 1941, el “88”, ya consolidado como cañón contracarros, era la única pieza disponible (además del cañón contracarros Pak 38 de 50 mm que utilizaba el proyectil perforante especial AP40) que podía enfrentarse con el carro soviético T-34/76. Para los “ocho con ocho” se habían diseñado proyectiles contracarro especiales capaces de perforar una coraza de 100 mm a 1830 m de distancia. En 1941, al cañón antiaéreo Flak 18 de 88 mm se habían añadido otras dos versiones de 88 mm, las Flak 36 y Flak 37. Estas dos piezas se diferenciaban entre sí en algunas particularidades, como los sistemas de control del tiro y diversos componentes del afuste, aunque muchas eran intercambiables entre sí y con el anterior Flak 18. Las tres piezas permanecieron en servicio durante toda la guerra y los Flak 36 y 37 se fabricaron hasta 1945. Hubieron de soportar la carga de la defensa antiaérea del Reich y de los grupos combatientes del Ejército y así se desarrolló gradualmente una situación que iba a convertirse en fuente constante de enfrentamientos entre las distintas fuerzas armadas que lo utilizaban. La Luftwaffe pedía cañones en número siempre creciente para la defensa antiaérea del Reich; el Ejército hacía lo mismo para afrontar su dúplice exigencia antiaérea y contracarro. La discordia nunca se solucionó a pesar de los intentos de introducir en servicio nuevos modelos. Uno de los primeros de estos intentos fue la adopción de un nuevo “ocho con ocho”, el Flak 41 de 88 mm. Se trataba de un cañón totalmente nuevo, proyectado y desarrollado por la Rheinmetall-Börsig, pero, aunque con unas excelentes prestaciones en su conjunto, tenía demasiadas deficiencias técnicas (que ya se evidenciaron en la fase de proyecto): la mayor parte de las piezas producidas fueron asignadas por ello a la defensa antiaérea únicamente. Poco después de la entrada en servicio del Flak 41, se requirió a la Krupp para que desarrollara un nuevo proyecto de cañón que pudiese ser utilizado para instalación en carros, como contracarro y antiaéreo. La Krupp asignó al nuevo proyecto la denominación de cobertura Gerat (aparato) 42. Sin embargo, apenas iniciado el desarrollo de esta nueva familia de cañones, los planificadores decidieron aumentar las especificaciones relativas al cañón antiaéreo; entonces Krupp se retiró inmediatamente del concurso (el cañón nunca fue desarrollado por otros) y siguió delante con los cañones para carro y contracarro. El cañón contracarro fue el Pak 43 de 88 mm. No tenía nada en común con las piezas anteriores y utilizaba una serie de munición totalmente nueva. Conservaba los dos bogies de ruedas y la estructura cruciforme del afuste, pero la pieza estaba emplazada sobre una plataforma baja que podía girar 360º y protegida por un escudo inclinado. El Pak 43 se mostró como uno de los mejores cañones contracarro producidos durante la segunda guerra mundial y tenía unas notables prestaciones, superiores a las de los Flak. El problema principal fue que no se pudo producir en cantidades suficientes. Casi inmediatamente después del inicio de la producción, las factorías de Essen fueron atacadas por la aviación aliada y se necesitó bastante tiempo para transferir la cadena a otro lugar. Además, el cañón tenía demasiadas exigencias en cuanto a las materias primas y sistemas de fabricación, de forma que se optó por la búsqueda de una alternativa que resultó ser el cañón contracarro Pak 43/41 de 88 mm, una de las armas de más fea apariencia de todos los tiempos, pero no menos potente que el Pak 43. La Rheinmetall-Börsig utilizó la boca de fuego del Pak 43 prácticamente sin cambiar nada, pero aplicó una culata y un sistema de cierre simplificados. Para el afuste principal se utilizó el del obús ligero de campaña pesado sFH 18 de 150 mm. Otros componentes se eligieron aquí y allá y el improvisado conjunto resultó con una apariencia de lo más extravagante, aunque se mostró tan funcional y potente como el Pak 43. Pronto se inició la producción intensiva con la intención de aumentar el número de “88” en servicio. Era una pieza “monstruo” para maniobrarla y situarla en posición y fue apodada scheunentor (puerta del granero) por los dos enormes escudos para los servidores. No todos los “88” eran remolcados. El “ocho con ocho” original se transformó en cañón para carro como KwK 36 de 88 mm y fue instalado sobre el carro de combate pesado Tiger. También el Pak 43 tuvo una versión para carro, el KwK 43 de 88 mm, emplazado sobre el enorme Tiger II. Éstas no fueron las únicas versiones móviles, porque desde un principio se intentó utilizar el Flak 18 de 88 mm como autopropulsados. En una de las primeras tentativas se adoptó el autobastidor de un autobús de ruedas, pero en 1940 el “88” entró en acción en Francia montado sobre un casco semioruga (también se utilizaron semiorugas pesados para remolcarlos). Con la adopción del Pak 43, muchos autobastidores sobre orugas se transformaron en piezas autopropulsadas. Uno de los primeros intentos fue el Elefant, que obtuvo un espectacular fracaso durante la batalla de Kursk en 1943. Otros vehículos posteriores tuvieron más suerte, pero otros no superaron siquiera la fase de proyecto.
Antes de finalizar, hay que destacar la utilización del “88” como cañón sobre ferrocarril. Aunque utilizado como tal sólo en función antiaérea, se instalaron numerosas piezas en trenes especiales que recorrían prácticamente todo el Reich para defender las zonas más castigadas por los ataques aéreos aliados.

lunes 7 de diciembre de 2009

El poderoso "88" en acción (primera parte)

Un M4 Sherman se abre paso a través de los setos vivos de Normandia en 1944. No parece haber enemigos a la vista, aunque una exploración detallada habría podido detectar, a casi dos kilómetros de distancia, algo parecido a un aparato de puntería. Segundos después, una de las armas más temidas de la segunda guerra mundial había cobrado una nueva víctima. Uno de los hechos más singulares respecto a los cañones contracarro que prestaron servicio en la segunda guerra mundial reside en que el más famoso de ellos no era un cañón contracarro sino un cañón antiaéreo. Nos referimos naturalmente al “88”, conocido en España como “8 con 8” (y en el chiste fácil “otto con otto”), el cañón que podía poner fuera de combate cualquier carro, desde distancias superiores a las normales para los cañones contracarro. El arma consiguió una fama que en cierto modo ocultó sus aspectos negativos, pero es un hecho que el “88” fue utilizado como cañón contracarro el mismo día que comenzó la segunda guerra mundial y todavía destruía carros enemigos en el momento de concluir el conflicto. El arma fue proyectada y desarrollada como cañón antiaéreo no en Alemania sino en Suecia durante los años veinte, cuando Krupp tenía prohibido fabricar cañones de acuerdo con los términos del tratado de Versalles. Krupp salvó tal obstáculo mediante un grupo de proyectos con sede en Suecia, financiado por el ejército alemán. En 1932, de esta forma, se produjo un excelente cañón antiaéreo instalado entre dos bogies y montado en candelero, sobre un afuste cruciforme, cuando se emplazaba. La boca de fuego era larga y delgada y confería al proyectil una elevada velocidad inicial, entre 820 y 840 m por segundo. El proyectil pesaba 9,6 kg y su alcance máximo era de 10.600 m. Esta característica era, para su época, poco menos que excelente, y cuando el nuevo Ejército alemán comenzó a rearmarse en 1933, los “88” afluían en grandes cantidades desde las cadenas de montaje de la Krupp en Essen. En Alemania, el “88” fue denominado Flak 18 (Flak era la abreviatura de Fliegerabwehrkanone cañón antiaéreo) 8,8 cm y fue distribuido tanto en el Ejército como en la naciente aviación (Luftwaffe) alemana. En las unidades de tierra, los cañones fueron entregados a grupos antiaéreos bajo control directo del Ejército y, como tales, destinados a la protección de las unidades de campaña contra los ataques aéreos. Inicialmente fueron utilizados únicamente en esta misión, pero todo cambió como consecuencia de la guerra civil española que se prolongó entre 1936 y 1939. El momento exacto en que el “88” efectuó el paso de cañón antiaéreo a cañón contracarro no es conocido, pero probablemente tuvo lugar durante los combates desarrollados en gran parte de la guerra en torno a Madrid. Los republicanos contaban con carros procedentes de diversas fuentes, principalmente soviética, mientras que los nacionalistas estaban auxiliados por contingentes alemanes e italianos que intervinieron directamente con las armas necesarias. Entre éstas, por parte alemana, estaba el “88”. En alguna ocasión, un ataque de carros fue detenido con el simple expediente de abrir fuego con uno o más “ocho con ocho” ya instalados en posición para empleo antiaéreo, de forma que podía disparar directamente contra los carros atacantes. El resultado de esta utilización tuvo que ser espectacular porque los carros de la época tenían solamente una ligera coraza y el impacto de un proyectil de 88 mm ciertamente era destructivo. La combinación de un proyectil pesado con una elevada velocidad inicial confería al “ocho con ocho” una excelente capacidad de perforación de las corazas a una distancia hasta entonces inimaginable. La experiencia demostró enseguida que podía poner fuera de combate a los carros a distancias superiores a los 2000 m. Pero esto no fue todo, porque el “88” se demostró igualmente eficaz contra posiciones de campaña, reductos protegidos o casamatas, dado que el proyectil de alto explosivo utilizado contra los aviones era también válido contra las fortificaciones. El hecho fue debidamente registrado por los planificadores militares alemanes y, así, el “88” se convirtió en un arma bivalente y parte integrante del arsenal táctico del Ejército alemán. Fuera de España, pocos observadores militares advirtieron este hecho, y por ello durante la invasión de Polonia, en septiembre de 1939, los “88” pillaron a los infortunados polacos completamente desprevenidos: aprendieron pronto a sus expensas que sus carros eran vulnerables a distancias consideradas seguras hasta entonces. La breve duración de la campaña de Polonia y la aplastante derrota de los infortunados polacos ocultaron la nueva función asumida por el “88” y así cuando los alemanes avanzaron en Francia, en mayo de 1940, la eficacia del cañón produjo nuevamente una auténtica sorpresa, esta vez para los ejércitos francés y británico. El “88” fue utilizado para destruir casamatas durante la corta aproximación al río Mosa a través de las Ardenas, así como para proteger el paso del río en los puntos peligrosos. Únicamente con ocasión del contraataque británico en torno a Arrás, los aliados fueron conscientes de que los alemanes poseían un arma capaz de perforar incluso la pesada coraza de los carros de infantería Matilda. Las tripulaciones de estos carros sufrieron gravísimas pérdidas en cuanto que los pesados proyectiles del “88” penetraban en su interior antes de explosionar, aniquilando hombres y material; situación que continuó en África del Norte.

viernes 4 de diciembre de 2009

Elefantes de guerra en la Antiguedad (parte final)

Cada elefante tenia nombre propio (por ejemplo, Áyax, Patroclo, Nicón y el celebre Surus, montura de Anibal). El cornaca se sentaba en el cuello del animal y le controlaba con la voz, la presión de los dedos de los pies en las orejas y el ankush (harpe, custis), una vara con un gancho que sobresalía del asta ligeramente hacia abajo desde la punta. A los cornacas suele representárseles con casco pero sin armadura, un hecho extraño, ya que eran un objetivo evidente para las flechas y jabalinas del enemigo. Los artistas tal vez los retrataron de este modo porque así se mostraban en los desfiles, aunque no fuera este su aspecto en la batalla. Estaban equipados con armas personales de autodefensa, pero sus verdaderas armas eran los elefantes. A menudo, los cornacas eran conocidos como “indoi” (indios), aun cuando en su mayoría no procedieran del subcontinente. Naturalmente, los indios enseñaron a los occidentales las técnicas necesarias para el adiestramiento de los animales, y muchos cornacas se trasladaron con ellos al oeste. Los elefantes a menudo estaban adornados con elaborados arreos y cencerros, el mejor modo de impresionar a los enemigos con su esplendor. A veces se empleaban testeras e incluso armaduras para el cuerpo de los animales, y los colmillos se completaban con puntas de hierro u hojas de espada. En las primeras batallas, los cornacas luchaban solos, o con un guerrero sentado en el lomo del elefante, pero desde principios del siglo III a.C., los reinos macedonios empezaron a equipar a sus elefantes con “thorakia” torretas de madera protegidas con escudos a los lados y sujetas en el lomo del animal por cadenas que pasaban alrededor del vientre, el frente o los costados del animal. Desde la “thorakia” combatían de dos a cuatro hombres armados con arcos, jabalinas o largas lanzas. Sin embargo, los cartagineses no adoptaron la práctica, tal vez porque sus elefantes africanos eran demasiado pequeños para soportar fácilmente estas estructuras.
En batalla, los elefantes se mantenían a veces en reserva o se disponían en la línea principal de batalla, pero la táctica habitual consistía en desplegarlos en la primera línea de batalla, donde podían romper las formaciones del enemigo, ya fuera pisoteándolas directamente o haciéndolas vulnerables a los ataques inmediatos. A menudo se empleaba una guardia de tropas ligeras desplegada con cada elefante para protegerlo de los proyectiles enemigos y aprovecharse de su labor. Los caballos no acostumbrados a los elefantes se espantaban al ver y oler a estas bestias, y los hombres sin experiencia en tales lides también se sentían aterrorizados. La victoria del rey seléucida Antíoco I contra los gálatas (unos celtas que habían invadido Anatolia poco antes) en el año 275 a.C. se atribuye a sus 16 elefantes. La presencia de las grandes bestias extendió el pánico entre la caballería y los carros enemigos que, al retirarse, arrastraron a su propia infantería. Contra adversarios humanos individuales, un elefante podía utilizar sus propios movimientos de lucha, levantando al atacante en el aire con la trompa, aplastándolo entre la frente y la trompa enrollada, corneándolo con los colmillos, derribándolo para pisotearlo o (en los elefantes indios) aplastándolo con las plantas de los pies. Por ultimo, los elefantes servían asimismo para derribar fortificaciones, tirando de las almenas con la trompa y abriendo huecos en los muros. Aun con toda su posible eficacia, los elefantes tenían también graves inconvenientes. La tensión de la cautividad y, en especial, el brutal entrenamiento necesario para acostumbrar a un animal esencialmente apacible a la visión y los ruidos de la batalla, despertando su furia animal por el acto de matar, debió reducir el tiempo de vida de los animales, como sucede también hoy con los elefantes cautivos en circos y parques zoológicos. Ello, a su vez, significaba que los elefantes de guerra suponían un gasto muy elevado, de forma que una quinta parte de la manada podía perecer por causas naturales durante el transcurso de una década. Se necesitaba sustituirlos constantemente para mantener los rebaños, pero la India y el este o el noroeste de África estaban lejos de los centros de la civilización mediterránea. Probablemente se produjeron intentos de cría; el rey Pirro de Épiro llevo al menos una cría a la batalla de Benevento en el año 275 a.C. Pero criar elefantes en cautividad es difícil y costoso, incluso hoy en día; y probablemente lo fuera también en la Antigüedad. Basta pensar en la dificultad de mantener un rebaño de animales cuyos adultos comen al día 160 kilogramos de forraje. El principal inconveniente de los elefantes en combate era, sin embargo, la tendencia a la estampida. Cuando resultaban heridos, se asustaban o enloquecían por los ataques o las añagazas de los enemigos, y sobre todo cuando el fuego contrario alcanzaba a sus cornacas, los elefantes intentaban huir del campo de batalla, pisoteando cuanto encontraban a su paso, aun si se trataba de soldados amigos. Más de una batalla se perdió en la Antigüedad cuando los elefantes propios retrocedieron atolondradamente a través de sus formaciones. Existen referencias a cornacas equipados con mazas y cinceles, o cuchillos especiales, que usaban para dar muerte a sus elefantes en el caso de que esto sucediera.

jueves 3 de diciembre de 2009

Elefantes de guerra en la Antiguedad (primera parte)

Los caballos no fueron los únicos animales usados en el combate en la antigüedad. Las dos especies de elefantes, africano e indio, tuvieron su utilidad en la batalla, al igual que las dos especies de camellos. Los elefantes son grandes herbívoros con un peso medio de 5,1 toneladas y una trompa larga y manejable; orejas finas y anchas; piel gris arrugada de 2,5 centímetros de espesor; cuatro patas del grosor de columnas, y una cola fina. Hay dos subespecies de elefante africano, de sabana y de bosque; la primera es la mayor, con más de 250 centímetros de altura y orejas triangulares muy grandes. Los elefantes de bosque son menores, de menos de 250 centímetros y tienen orejas mas redondeadas. Ambas subespecies poseen dos “dedos” en el extremo de la trompa y lomos cóncavos. El elefante indio tiene orejas mas pequeñas, lomo convexo, un “dedo” en vez de dos y alcanza una dimensión superior a la de su congénere del bosque, pero menor que la de la otra especie africana. Los colmillos son menores que los de las especies de África; en las hembras de elefantes indios son todavía mas pequeños, cuando no inexistentes. Los elefantes son animales gregarios, de gran masa encefálica y notable inteligencia y coordinación. No pueden trotar, galopar ni saltar, pero andan con gran rapidez, hasta a 16km/h, se mueven bien en terrenos accidentados, bajan pendientes acortando por los terraplenes y las márgenes empinadas y nadan para cruzar los ríos utilizando las trompas como tubos de respiración. Se usaron en todos los grandes ejércitos, como demuestra la celebre expedición de Aníbal, que cruzo los Alpes en el año 218 a.C. con 37 elefantes. Los animales soportaron bastante bien las condiciones de frío, nieve, privaciones y empinadas pendientes. Su único problema surgió para cruzar el Rin, cuando el movimiento, para ellos extraño, de los rápidos bajo sus patas los espanto. Varios animales saltaron al río, llevándose consigo a sus cornacas (guías). Los hombres se ahogaron, pero los elefantes caminaron por el fondo y respiraron por la trompa, para llegar a la otra orilla sanos y salvos. Los elefantes indios y africanos de bosque pueden ser domesticados, enseñados y utiles en la guerra; no sucede así con el gran elefante de sabana. Ante el gasto que supone mantener a una manada, muchos de cuyos miembros son jóvenes no aptos para el trabajo, los elefantes no se crían en cautividad. Lo que se hace es capturar a los animales salvajes, para después domarlos y enseñarles sus tareas. En los tiempos antiguos, la doma exigía una semana dura y cruel de trabajos, seguida de varios meses de entrenamiento para que el animal aprendiera a llevar encima al guía y a obedecer sus órdenes. Aun se necesitaban otros dos o tres años para completar el entrenamiento. Debe observarse que han de ser siempre los mismos guías, o cornacas, los que se encarguen de vigilar y enseñar a sus animales; un elefante es una criatura salvaje que debe convencerse de que el guía y las órdenes de adiestramiento forman parte de su vida para realizar ciertas tareas. El uso del elefante en la batalla se limitaba básicamente a la India hasta el siglo IV a.C., cuando Alejandro Magno invadió este territorio y lucho contra el rey Poros en el Hidaspes (328 a.C.). Los elefantes de Poros se convirtieron en la parte de su ejército que mas dificultades presento para los macedonios. Profundamente impresionados, los generales que formaron los reinos de los diadocos desgajados del imperio de Alejandro (varios de ellos, veteranos de la batalla) buscaron con ansia formar un cuerpo de elefantes para sus propios ejércitos. En un principio, utilizaron solo elefantes indios. Sin embargo, la dinastía tolemaica de Egipto, imposibilitada de abastecerse de las fuentes indias por la interposición del reino rival de los seléucidas, que controlaban la mayor parte del Cercano Oriente, envío expediciones al Cuerno de África para obtener elefantes africanos de bosque para enseñarles las mismas funciones, y Cartago, a su vez, recurrió a estos elefantes capturados al noroeste de África. El cuerpo de elefantes estaba encabezado por un oficial llamado “elephantarchos”, un importante oficial de la corte en los reinos macedonios helenisticos.

martes 1 de diciembre de 2009

El campo de batalla en la Primer Guerra Mundial

Sobre los campos de batalla de la Primer Guerra Mundial se extendía una niebla persistente de confusión. Los combatientes rara vez sabían lo que estaba ocurriendo, y a veces incluso ignoraban donde se encontraban. La línea de frente estaba bien trazada, pero en cuanto una fuerza de ataque entraba en la “tierra de nadie” (espacio, justamente de nadie, que quedaba entre ambos campos de sendos rivales), por lo general un territorio lleno de cráteres, era inevitable que la mezcla de terror, ruido, bombas, fuego de ametralladoras, alambre de púas, muertos y errores humanos hiciera que los hombres se desorientaran y siguieran avanzando, aunque solo fuera por inercia. Hay que abandonar cualquier intento de representar la batalla como una serie de movimientos sobre un tablero de ajedrez gigantesco, que es precisamente lo que hacían los mapas militares, tanto en los cuarteles como en los periódicos civiles. En medio de la batalla, los soldados tendían a moverse en cualquier dirección imaginable, y solo en ocasiones lo hacían en la que pretendía el plan de ataque. No era esta una característica nueva del combate; tomemos como ejemplo lo que escriben el francés Stendhal acerca de la niebla de la guerra en la cartuja de Parma (1839), y el ruso Tolstoi en Guerra y paz (1869). Igual que en otras guerras, el combate era un conjunto de encuentros casuales, de los cuales solo algunos estaban planeados. Pero los soldados de 1914-1918 libraron una guerra totalmente diferente de la de Waterloo o la de Crimea. En particular, había tres características del combate que no habían sido previstas y que resultaban muy difíciles de situar dentro de un marco de referencia conocido. La primera característica esta relacionada con las nuevas armas que se introdujeron en el transcurso del conflicto. La mayoría de los comentaristas descríbelas grandes batallas de 1916-1917 como guerra de hombres contra maquinas, en las que aquellos perdían, inevitablemente. De esto se deduce que los cambios técnicos en cuestiones de armamento que tuvieron lugar antes de 1914 habían transformado la lucha en algo casi desconocido. En cierto sentido, era verdad. En el oeste (no así en el este) la caballería dejo de ser una fuerza de ataque decisiva. Los soldados comenzaron a utilizar el camuflaje, la guerra con carros de combate, y el combate y el reconocimiento aéreos. Las barreras de fuego de la artillería llegaron a una escala nunca vista. Y apareció un tipo de arma nuevo y espantoso: el gas venenoso. El comienzo de la guerra química en el frente occidental transformo el panorama de la batalla de una manera muy extraña y espectacular. El gas venenoso se utilizo por primera vez en Langemark, cerca de Ypres, el 22 de abril de 1915. Las tropas alemanas abrieron 6.000 cilindros de cloro a lo largo de un frente de 8km. por ese entonces el uso del gas como medio táctico de ataque no estaba restringido, y su uso se hizo muy popular en dicho conflicto. Las tropas francesas y argelinas que sufrieron el ataque murieron asfixiadas o huyeron. Dos días después, les toco el tueno a los canadienses. Este ataque no tuvo tanto éxito, porque el gas apenas ascendió por encima del nivel del suelo, pero produjo un considerable efecto psicológico, y también los canadienses se retiraron. El 1, el 6 y el 10 de mayo de 1915, se ataco con gas a las tropas británicas pero, al cambiar la dirección del viento, hubo bajas en ambas partes. Cabe señalar que los aliados se jactaron de dar uso a los gases venenosos en proporciones muchos mayores que los alemanes y de manera mucho más indiscriminada. De aquí se desprende la limitación fundamental que presentaba esta innovación bélica. Era capaz de dejar fuera de combate no solo al defensor sino también al atacante, y a menudo ocurría así. También eliminaba la posibilidad de un ataque por sorpresa. Por lo tanto, lo único que podía hacer el gas, o el lanzallamas, que fue otro dispositivo químico, era estabilizar las líneas,
En 1915, la ventaja del conflicto había pasado al lado de la defensa. En poco tiempo se desarrollaron medidas preventivas sobretodo la mascara antigas, un dispositivo que mantenía vivos a los soldados. En 1918, en el frente occidental, una de cada cuatro de las granadas que lanzaban ambas partes contenía gas. En ese entonces se había añadido al cloro una sustancia mas letal, el fosgeno, además del gas mostaza, el antepasado del napalm, que formaba unas ampollas horribles en la piel. Una alarma de gas en cualquier punto del frente occidental provocaba una transformación febril de los rostros que se ocultaban en mascaras elefantinas. Después de algún tiempo, entraron a formar parte de la rutina. Los soldados las utilizaban en sus ejercicios, leían a través de ellas, combatían con ellas y algunas veces incluso se las ponían a los caballos. Debido al gran alcance de la artillería alemana, los escolares franceses también recibieron mascaras antigas, pero estas, nunca fueron necesarias.

domingo 29 de noviembre de 2009

Kublai Khan a sangre y fuego somete Birmania

Durante la campaña de Nangchao de Kublai en 1253-1255 los mongoles observaron que la porosa frontera sudoeste de China suponía un problema especial para la seguridad de su imperio en expansión. Esto era especialmente cierto en cuanto a Birmania, donde el poderoso y agresivo reino militar de Pegu dominaba totalmente la parte norte del país y había alcanzado un enorme tamaño bajo su último gran rey, Narapatisithu (reinando de 1173-1211). Cuando los mongoles conquistaron Yunnan establecieron una serie de estados tapón entre esta rica provincia y el reino Pagan. Los mongoles derrotaron un ejercito Pagan en Nagasaaunggyan dejando la tarea de vengar este revés al brutal y jactancioso rey Narathihapate (1254-1287). Kublai confío la tarea de negociar con los paganos al virrey de Yunnan un capaz comandante y oficial musulmán llamado Nazir Ud-Din. Ud-Din intento primero la diplomacia con escasa esperanza de éxito. Un choque de civilizaciones tuvo lugar cuando los enviados mongoles con sus botas de montar de cuero se presentaron ante el rey. Los nómadas, como todos los mongoles, llevaban sus botas de montar en los interiores, pero esto fue un grave insulto para los birmanos, y sobre todo en presencia de un rey orgulloso e irritable. Los enviados fueron ejecutados al momento. Narathihapate entonces invadió el estado fronterizo Yuan del Diente Dorado (Kaungai) agravando su insulto anterior al honor imperial de Yuan. Kublai infravaloro tanto los grandes problemas de hacer una campaña en Birmania como el enemigo al que se enfrentaban sus mongoles. El emperador estaba seguro de que Ud-Din podria aplastar a los paganos con el ejercito local “tamma” de la provincia de Yunnan sin refuerzos del norte. Ud-Din no compartía esta opinión optimista del emperador. Solo tenia un “tumen” de caballería para cruzar algunos de los tramos mas montañosos, salvajes y atroces climáticamente de toda Indochina antes de enfrentarse a un Ejercito birmano de 400.000 hombres y 2.000 elefantes fuertemente armados. Cada bestia llevaba de 12 a 16 hombres, la mayoría arqueros, pero también infantería montada. La fuerza de la caballera birmana es desconocida. Ud-Din cruzo estas montañas, pasos y ríos para entrar en la provincia pagana de Bhamo, donde sus oponentes, los generales Anantpaccaya y Randhapaccagya, habían construido un campamento fortificado para albergar a su enorme Ejercito. Este ejercito podía ser impresionante sobre el papel, pero estaba escasamente equipado, mal entrenado y su infantería de campesinos sin motivación se enfrentaba a la mas perfecta maquina de guerra del mundo dirigida por un comandante experimentado e implacable. Tal era la situación cuando la caballería de Ud-Din apareció en las llanuras del rio Irawady. La sorpresa de encontrar al enemigo fur probablemente mutua. Los birmanos ya sabían el formidable enemigo que eran los mongoles, mientras que los jinetes mongoles y sus caballos estaban aterrorizados ante la presencia de los elefantes de guerra. Para tranquilizar a sus hombres ante la monstruosa aparición, Ud-Din ordeno desmontar a sus hombres y atar los caballos detrás de la línea de combate y luchar desmontados. Los elefantes de guerra birmanos avanzaban en un frente amplio, por lo que su única oportunidad era disparar incesantemente sobre las bestias. Los elefantes empezaron a titubear en su avance, se detuvieron y entonces se dieron la vuelta y huyeron hacia las filas masivas de tropas birmanas que se encontraban detrás de ellos. En ese momento Ud-Din ordeno montar a sus hombres y cargar contra el enemigo confundido. No obstante la batalla fue muy feroz con los birmanos luchando con resolución. Después de una lucha sumamente sangrienta, finalmente se impusieron los mongoles. En el botín de guerra enviado de vuelta a Beijing había 200 elefantes de guerra que serian el núcleo inicial del Cuerpo Imperial de Elefantes de Guerra. Con este ejemplo queda demostrado una vez mas que la calidad de soldado, y la experiencia del comandante siempre es destacable por sobre la cantidad.

jueves 26 de noviembre de 2009

El choque da caballería

La infantería, entrenada con nervios de acero, podía cambiar la posición a formación cuadrada para recibir una carga de caballería. Si se organizaban adecuadamente, estos cuadrados de infantería se presentaban a los jinetes que cargaban como una especie de erizo del tamaño de un batallón cuyas cerdas eran las bayonetas, resultando casi inmunes al ataque de la caballería. Este es el motivo por el que un ataque de la caballería, como cualquier maniobra táctica de éxito en un campo de batalla napoleónico, requería una esmerada coordinación de todas las armas combatientes de infantería, caballería y artillería trabajando en combinación. Napoleón insistía en que era imperativo que los asaltos de caballería estuvieran apoyados por la artillería, ya que los jinetes, armados exclusivamente con armas blancas, no podían generar potencia de fuego. Por consiguiente las baterías de artillería estaban vinculadas directamente a divisiones de caballería. Conocidas como artillería a caballo, estas unidades habían montado servidores de una pieza que les permitía estar con la caballería. La artillería a caballo se destino a formar parte integral de cada división de caballería en el Ejército francés. Estas baterías estaban equipadas de cañones ligeros que disparaban balas de 4 o 6 libras (1,8 Kg. o 2,7 Kg.) y proporcionaban el mayor apoyo de fuego a un ataque de caballería. Aunque los proyectiles que disparaban sus cañones eran pequeños comparados con los de la artillería a pie, la artillería a caballo se solía presentar ante objetivos vulnerables, ya que la infantería formaría en cuadrados compactos para resistir un ataque de caballería. Estas formaciones multiplicaban la eficacia de los cañones, que podían evitar su disparo a través de estos grupos compactos de soldados. La habilidad que tenían los artilleros a caballo para moverse con más rapidez que sus homólogos de a pie también permitía que los cañones más ligeros se desplegaran rápidamente en alcances bastante cortos. Si iban a entrar en combate, las baterías de la artillería a caballo también podían hacer ejercicios de precalentamiento y maniobrar alejados de sus atacantes de un modo mucho más rápido que la artillería a pie. Como se ha mencionado antes, los jinetes de caballería, especialmente de la ligera, llevaban pistolas, mosquetones o carabinas en algunas ocasiones. No obstante, su arma principal seguía siendo el sable. La caballería pesada blandía una espada larga, fuerte, de hoja recta, diseñada para empujar. La caballería ligera empleaba un arma más pequeña, con una hoja un poco curvada, diseñada para acuchillar a un oponente. Hubo un gran debate durante toda esta época sobre el modo más eficaz de utilizar una hoja a lomos de un caballo, pero la mayoría estaba de acuerdo con los franceses: de los dos tipos de golpe, el empuje era mucho más letal. En una lucha contra jinetes enemigos, a medida que la carga se iba intensificando y se aproximaba su objetivo, los jinetes ponían sus hojas en horizontal en vez de en vertical, de ese modo la espada se deslizaría con más facilidad entre las costillas de adversario y disminuiría la probabilidad de que el arma se quedara clavada en el cuerpo. El impacto de un jinete a la carga era suficiente para perder la hoja, por eso los soldados de caballería se entrenaban para empezar a sacar su arma tan pronto como hubiera penetrado, y después dar un segundo golpe para acabar con su oponente u ocuparse de un nuevo adversario si el primero había caído o se había rendido. Para acuchillar, el jinete se entrenaba dirigiendo su impulso hacia abajo; de ese modo, aunque su oponente se agachara en la silla (maniobra defensiva reflexiva común), la hoja todavía daría en alguna parte de su cuerpo.